Hace poco se atrevió mi vista de soslayo a poder mirarte a los ojos en las fotos. Tus verdaderos ojos, aunque apapelados, amarillentos en algún rincón, estoy mirando tus ojos.
Cada mañana me vislumbra la tristeza de estar perdiendo lo real…Si mi mundo es un manjar en mis sienes. Mis hombros vencen el frío y descartan las sábanas, perfectamente blancas, para probar la crudeza de la soledad. Y el calor cultivado en mis ojos cerrados, haciendo caricias al universo, generando un mar para tu no estar, no habitar nunca el jamás de tu no figura.
Solo tengo los ojos, bajo la sombra de una escalera, recordando la mala suerte, haciendo un eco que juzga mi día a día. Porque a la mañana observo la fibra sabia del contorno de tus pestañas. Y la piel del cuello se reserva el deseo del contacto. Se conmueve el diámetro pequeño de mis tobillos bailando el entre sueño que hace crecer el pasto en mi almohada.
Acorto mis lapsos de respiración, recorro el envoltorio de mis oídos provocando escalofríos, uso mis manos para acariciar mi propio cabello. Y sueño, y al caer sobre el horario exacto de lo burdo, el sol ya se elevó por todo el cielo; y me llama la merienda de niña, me llaman tus letras, tu música, tu ejemplo con mayúsculas, me llaman los quejidos de una ciudad que no deja de ser amarilla.
Y me llamás vos, como nunca me llamás vos. En silencio, me llama lo increíblemente extraño, lo intangible: me llamás vos. Y corren mis pies, buscando un envoltorio para no tropezar nunca. Para no fallar a la fuerza, guardo tu voz en un cofre con un eco eterno, nunca olvidar las palabras dulces, casuales…guardo tu voz, tus ojos…y el suburbio de tu espalda. Puedo guardar tu vientre, tus omoplatos. Puedo guardar todo lo que me des a diccionario, para no olvidarlo, sin tocarlo, para no extrañarlo, lo que necesito….es que al menos no faltes en el mundo de mis sueños.
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